Ya no percibo más olor que el de tu piel,
vasta superficie que no termino nunca de conocer.
Ya no me deleito con más sabor que el de tus labios,
tiernas almohadas en las que descansa mi ser.
Ya no me reflejo en más espejos que no sean tus ojos,
estrellas que sigo cuando en el mundo me he de perder.
Ya no me embriago con más licor que tu saliva,
la que en épocas de sequía apaga mi sed.
Ya no escucho más música que tu voz,
la que un disco eterno ha hecho a su merced.
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